- El Ramón Sánchez-Pizjuán debe ser el fortín nervionense en este final de Liga.
- Nueve de los quince puntos decisivos se disputarán en el feudo sevillista.
El Sevilla FC vive sus peores momentos en el s. XXI. La dolorosa derrota ante Osasuna, con un gol de Catena en el 99′ que dio la vuelta al tanto inicial de Maupay, deja al club nervionense en una situación límite. Decimoctavo -con opciones a terminar la jornada decimonoveno si el Levante vence al Espanyol-, a un punto de la permanencia y con unas sensaciones que invitan a pensar que el descalabro del descenso a Segunda División es más que posible. Una victoria en los últimos ocho partidos son los pobres guarismos de un equipo que ve como el descenso está más cerca que nunca.
El 27 de abril de 2006, hace justo 20 años, el Sevilla escribió una de las páginas más bonitas de su centenaria historia. El gol del malogrado Antonio Puerta ante el Schalke 04, un jueves de Feria de Abril, sirvió al conjunto nervionense para vivir su primera final europea, que acabó llevándose con una histórica goleada ante el Middlesbrough. Mucho ha llovido desde entonces y, tras reinar en el viejo continente durante muchos años, la situación actual del Sevilla FC dicta mucho de aquellas noches mágicas.
Las lágrimas de El Sadar, tanto en el césped personificadas en canteranos como Kike Salas, Juanlu o Alberto Flores, como en la grada de aquellos aficionados que se recorrieron España entera para acompañar a su equipo, hablan del delicado momento que vive la entidad, con los fantasmas del descenso más vivos que nunca. Pero desde hace algo más de 20 años el Sevilla también tiene un lema al que agarrarse en situaciones límites. Aquel que entonó Javier Labandón en el que, posiblemente, sea uno de los himnos más famosos del fútbol europeo: «Dicen que nunca se rinde».
Con 15 puntos en juego, pese a las dudas que deja el equipo, el objetivo de la permanencia es difícil, pero no imposible. Nueve de esos puntos se disputarán en el Ramón Sánchez-Pizjuán y ahí la afición debe dar el ‘do de pecho’. Porque torres mucho más altas han caído en Nervión y de eso no hace tanto. Porque cuando Nervión aprieta y la simbiosis grada-jugadores conecta, el Sevilla es un rival temible. Porque apenas queda mucho más a lo que agarrarse para evitar una tragedia que se cuece lentamente en Nervión.
El Sevilla se juega la vida en el próximo mes y la afición, esa que lleva varios años recibiendo golpes desde todos los estamentos posibles, volverá a jugar un papel clave. Habrá tiempo de pedir responsabilidades a una directiva inútil que ha hecho del Sevilla FC un equipo minúsculo en tiempo récord. Porque sí, por mucho que este que escribe tuviese una percepción distinta del actual presidente, los culpables se sientan en el palco del Ramón Sánchez-Pizjuán y llevan traje y corbata. Tiempo habrá para juicios, pero el futuro a corto-medio plazo del Sevilla no puede esperar. Nervión, ese estadio que hace no mucho celebraba títulos y pases a finales, tiene la tarea más importante de la era moderna del club: salvar al Sevilla FC. La hora de los que nunca se rinden ha llegado.
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