Que La Cartuja alentara sin parar en los últimos minutos, con un 2-5 y bajo el aguacero que empapó la ciudad en los últimos compases del partido, dice mucho. Dice mucho porque la afición verdiblanca se resignó ante el arbitraje. No sin antes protestar y dejarle claro al árbitro lo que le parecían sus decisiones. Con el paso de los minutos transformó la rabia en orgullo. Sin parar de animar. Porque ayer su Betis le jugó de tú a tú al mejor equipo de Europa. Al menos, cuando fueron 11 contra 11.
Esta vez es cierto que el arbitraje influyó en el resultado. Jugadas interpretables que anularon un gol y dejaron a uno de los dos equipos en inferioridad numérica. Pero sin entrar en valorar las acciones, que ya se han analizado frame a frame durante toda la noche y a estas horas del domingo siguen sin cambiar el resultado, yo me quedo con el rendimiento del Real Betis ayer. Que eso si que no cambia. Juegue contra el Getafe, viaje a Lille en su primer partido de Champions 21 años después o reciba al mejor equipo del mundo actualmente. Siempre igual. Juega propositivo, no baja los brazos cuando recibe un gol y siempre mantiene la fe en la victoria.
Marcar un gol más que el rival
Ayer Pellegrini hizo ocho cambios con respecto al partido del pasado miércoles. Dio entrada a dos jugadores que están llamados a ser importantes, pero que hasta ayer no fueron por primera vez de la partida. Dos de sus mejores futbolistas, Isco y Antony, no jugaron un solo minuto, y con todo ello, el equipo no perdió su identidad. Y eso la grada se lo reconoció.
La imagen y el rendimiento de este Real Betis es cosa seria. Es cierto que, desde que llego del parón, en defensa concede más y Álvaro Valles no está tan atinado, pero es que los de Pellegrini juegan a marcar un gol más que el rival. Por eso dejan partidos tan emocionantes como los dos de esta semana. Dicho por Hansi Flick, el encuentro de ayer fue increíble. Corregido por Manuel Pellegrini, hasta que el Betis se quedó con uno menos.
Con la expulsión el Barcelona se impuso, pero el Real Betis no dejó de intentarlo. Con el 2-4 tuvo algunas llegadas al área de Joan García. Lejos de encerrarse atrás y jugar al pelotazo. Quiso morir matando. A la vista está lo estirado que estaba el equipo en el quinto gol, el de Dani Olmo. Quien se recreó en el espacio que existía entre la línea del centro del campo y la de la defensa.
Ese gol fue la puntilla a un partido al que la afición tenía especial ilusión. A pesar de ser conscientes de la dificultad que conllevaba la hazaña. Se necesitaba el partido perfecto. Una proeza. Y se encontró con demasiadas trabas. Lo que nunca cambió fue la ambición y personalidad de los verde y blanco. Por ello, la grada no dejó de animar con cinco goles en una mochila mojada por la lluvia. Porque ni el primer diluvio del otoño ni la tormenta que es jugar hoy en día contra el Barcelona pueden frenar la ilusión de este Betis y su afición.




