La operación de compra del Sevilla FC por parte del grupo encabezado por Sergio Ramos ha entrado en una nueva fase. No necesariamente definitiva, pero sí distinta a la que se había dibujado en el primer principio de acuerdo. La última reunión entre las partes ha reordenado el tablero accionarial, financiero y estratégico de una negociación que sigue abierta, que mantiene vivo el interés de los vendedores y que, al mismo tiempo, obliga a todos los actores implicados a volver a estudiar los términos de una propuesta que cambia de manera sensible el planteamiento inicial.
La gran novedad está en la estructura de la operación. Según la información adelantada por COPE, el plan que se ha puesto ahora sobre la mesa rebaja el porcentaje accionarial que adquiriría el grupo inversor. La idea inicial, que giraba en torno a una toma de control cercana al 80% del capital social, quedaría sustituida por una fórmula más contenida, aproximadamente en torno al 60%. No se trata de una simple reducción de ambición, sino de un cambio de enfoque: parte del dinero que antes iba destinado a comprar acciones pasaría ahora a invertirse directamente en el club mediante una ampliación de capital.
Ese matiz es capital para entender el momento actual del Sevilla. La entidad no solo necesita un cambio de propiedad o de mando institucional. Necesita recursos inmediatos para aliviar su situación económica, corregir deuda, aumentar margen de maniobra ante LaLiga y afrontar una reconstrucción deportiva que no puede esperar indefinidamente. En ese sentido, la nueva fórmula puede ser más útil para el club que una operación puramente accionarial. Comprar más acciones fortalece al comprador; inyectar capital fortalece también a la sociedad. Y esa es, precisamente, una de las claves que se han trasladado en esta última fase de la negociación.
La aparición de garantías de pago supone otro punto de inflexión. Por primera vez desde el inicio de las conversaciones, los vendedores han recibido una presentación más concreta sobre la capacidad económica del grupo comprador. Hasta ahora, una de las grandes dudas residía precisamente ahí: quién ponía el dinero, en qué condiciones, con qué respaldo y con qué compromiso real. Luis Carrión ya había deslizado públicamente que Sergio Ramos cuenta con una “familia fuerte de mexicanos detrás”, un fondo familiar que, según las partes, ha acompañado al exfutbolista desde el principio y nunca llegó a caerse de la operación.
Ese fondo mexicano aparece ahora como el actor con mayor peso financiero dentro del proyecto. No es una cuestión menor. La figura de Sergio Ramos genera impacto mediático, conexión emocional y una evidente capacidad de liderazgo simbólico, pero el Sevilla necesita conocer con precisión quién sostiene económicamente la operación. Los accionistas vendedores no han mostrado un problema personal con Ramos; al contrario, la actitud del camero está gustando. Se valora su implicación, su voluntad de seguir adelante y su insistencia en participar en el futuro del club. La inquietud no está tanto en él como en el perímetro financiero que le acompaña.
En ese reparto de papeles aparece también el nombre de Martín Ink. En una reunión anterior, el empresario argentino llegó a despedirse de los accionistas, hasta el punto de que algunos daban por hecho que dejaría de tener continuidad dentro de la operación. Sin embargo, Sergio Ramos sigue incluyéndolo en el plan, aunque todo apunta a que su peso sería ahora menor que en el planteamiento original. Ink, vinculado a Five Eleven Capital, había sido presentado como uno de los perfiles financieros de la operación en sus primeras fases.
La consecuencia directa de esta nueva propuesta es que las cartas vuelven a repartirse. Lo que parecía encarrilado bajo una fórmula concreta debe revisarse ahora desde otra perspectiva. Los accionistas tienen que estudiar el nuevo escenario, calcular el impacto de la ampliación de capital, valorar la reducción del porcentaje de venta y comprobar que el dinero prometido llega con garantías suficientes. No basta con que la propuesta sea atractiva; tiene que ser ejecutable, jurídicamente sólida y beneficiosa para una sociedad anónima deportiva sometida, además, al control de los organismos correspondientes en cualquier operación de esta magnitud.
Por eso, dentro de una parte del accionariado empieza a instalarse la sensación de que la operación puede prolongarse más de lo inicialmente previsto. La fecha del 31 de mayo estaba marcada en rojo como referencia para ordenar la negociación, pero el cambio de estructura obliga a todos a moverse con cautela. No significa que la compra se haya caído. Tampoco que esté cerrada. Significa que el proceso ha cambiado de naturaleza y que, en operaciones de este calibre, cada modificación obliga a rehacer consensos.
El contexto deportivo tampoco permite demasiada pausa. El Sevilla atraviesa una etapa de urgencias económicas y deportivas, con una planificación condicionada por la falta de recursos y por la incertidumbre institucional. En este escenario, la posible inversión de Sergio Ramos y sus socios podría convertirse en una vía de oxígeno si se concreta en una ampliación de capital destinada a reducir deuda y mejorar la posición del club ante el mercado.
La operación, por tanto, sigue viva, pero ha dejado de ser lineal. Sergio Ramos quiere continuar. Los vendedores están dispuestos a escuchar y avanzar. El dinero, según las últimas reuniones, ya aparece con más claridad que en fases anteriores. Pero el Sevilla necesita algo más que nombres ilusionantes: necesita certezas, garantías y un proyecto que no solo cambie la propiedad, sino que permita reconstruir el club desde dentro. Esa es ahora la verdadera partida. Y todavía quedan movimientos por jugar.






