16 de abril de 2026. Real Betis vs Sporting de Braga. Seguramente, el mayor ridículo europeo que he presenciado del conjunto verdiblanco. Aquella noche, entre la remontada portuguesa y el espectáculo vivido en las gradas de La Cartuja con una falsa alarma desembocó en una nube de titulares contra la mentalidad europea de los de Pellegrini. Y con razón.
De aquello hace apenas cinco meses. Algo menos. Un golpe durísimo. Casi imposible de levantarse de él. Y digo casi porque siempre que esté un ingeniero en el banquillo, cabe esperanza. Nunca se le cae el equipo. Anoche lo volvió a demostrar. En el contexto más complicado que se podía plantear.
Una ciudad volcada con su equipo. Escenario de máxima élite europea. Vuelta a la Champions 21 años después, con una plantilla inexperta en su mayoría en esta competición. Con una primera mitad donde falló demasiado y concedió más aún. Con la sensación, al descanso, que la bienvenida de la Señora Competición en el viejo continente le había dado en los dientes. Los mismos dientes que apretaron en el vestuario. Y de qué forma.
El Real Betis en Lille compitió. Resistió. Resiliencia. En su máxima expresión. Con todo en contra. Volvió el "Contra todo y contra todos". Porque, esta vez, el pardillo fue el otro. El que cayó en la provocación no portaba el escudo de las Trece Barras en el pecho. Al revés.
No cogieron de novato a un equipo que, efectivamente, lo era. Pero que no se comportó como tal. Ni muchísimo menos. Se levantó de un 2-1 y el Lille se derrumbó. Parecía otro. En apenas diez minutos empató, remontó y sentenció. Con grandeza. Con gloria. Con firmeza. Con jerarquía. Con saber estar.
Más que tres puntos
Porque sí. Aún es pronto. Y en los cálculos que tanto nos encanta hacer a los periodistas, siempre hay que dejar hueco a algún traspiés inesperado. Pero el Real Betis sacó de Lille más que tres puntos. Se ganó el derecho a no tener la obligación de hacer nada extraordinario para firmar una cuantía de puntos honorable y necesaria para cumplir con creces en su regreso a Champions.
Ante Oporto y Feyenoord, ambos en casa, sacar, al menos, cuatro puntos se antoja más que posible. Empate y triunfo. Y a viajar a Dortmund con siete en el casillero. Se dice pronto. Y fácil. Pero no lo es.
Aunque el camino ya está andado. Ya está demostrado que esta plantilla sí está equilibrada y tiene valía suficiente como para competir ante la máxima exigencia. Lo debe hacer. Ahora se ha convertido en una obligación. Lo sabe el sabio que está en el banquillo. Manuel Luis Pellegrini Ripamonti. El mejor y mayor entrenador que ha dirigido al Real Betis.
No quepa ninguna duda que la emoción, alegría y felicidad debe ser máxima. Los verdiblancos han ganado ante todo un Lille. Pero se ha convertido en un equipo que domina el arte de saber jugar mal. Aquellos recolectores de olores imponentes y maravillosos que se guardan en pequeños frascos, que poseen el bello secreto del fútbol 'bonito', no estarán muy de acuerdo con eso. Nada. Lo único importante es lo que ocurre cuando se señala el final. Y, después, darle normalidad. Como ha enseñado siempre 'El Ingeniero'.





